Blanca
de Loof es coordinadora de sala del hospital de Niños
Pedro de Elizalde y una de las más experimentadas
de las 240 mujeres que ayudan allí. “Ser
voluntario es brindarse para el enfermo, para la familia – analiza con conocimiento de causa
-. Atendemos a la madre en todo lo que podemos,
le explicamos qué es lo que le pasa, hablamos con
ella y con el chico. Nos acercamos, los ayudamos, los
sostenemos cuando vienen a una revisación y el
chico está llorando y la madre no puede estar al
lado de él. Claro que nunca damos explicaciones
técnicas”.
“Las tareas en un hospital de niños
son totalmente distintas a las de un hospital de adultos – explica de Loof –.
Yo estoy en una sala con chicos con sida y leucemia, una
sala muy difícil para contener a las madres; y
eso se lo explicamos a las chicas jóvenes que se
acercan para ayudar porque es muy importante tenerlo en
cuenta”.
Amor al prójimo
Si bien cada hospital tiene libertad para elaborar su
propio reglamento interno, existe también una institución
que coordina en el ámbito nacional el accionar
de los voluntarios. Se trata de la Coordinadora de Instituciones
Voluntarias de Hospitales (CIVHA) cuya función
es asesorar, apoyar y crear nuevos voluntariados.
Las voluntarias también ayudan a recaudar fondos
para el hospital que, maltratado por la falta de recursos,
acepta esta colaboración. En el María Curie,
por ejemplo, se organizan almuerzos, conciertos y hasta
desfiles con ese propósito.
A falta de recursos humanos, nombramientos y decisión
política para apuntalar el trabajo hospitalario,
la comunidad muchas veces intenta compensar los déficit
con su propio compromiso.
La
filosofía de vida de los voluntarios se basa en
la caridad y el amor al prójimo. Para ayudar, no
existen excusas ni limitaciones. Javier
Rubel.
San
Francisco de Asís es el patrono del voluntario hospitalario.
Dicen
que a San Francisco lo declaró santo el pueblo,
antes de que el Sumo Pontífice le concediera
ese honor, y que si se hace una votación
entre los cristianos (aún entre los protestantes)
todos están de acuerdo en declarar que es
un verdadero santo. Todos, aun los no católicos,
lo quieren y lo estiman.
Lo quieren los pobres, porque él se dedicó
a vivir en total pobreza, pero con gran alegría.
Lo estiman los ecologistas porque él fue
el amigo de las aves, de los peces, de las flores,
del agua, del sol, de la luna y de la madre tierra.
Nació
en Asís (Italia) en 1182. Su madre se llamaba
Pica y fue sumamente estimada por él durante
toda su vida. Su padre era Pedro Bernardone, un
hombre muy admirador y amigo de Francia, por la
cual le puso el nombre de Francisco, que significa:
"el pequeño francesito".
|
|
Cuando joven a Francisco lo que le agradaba era asistir
a fiestas, paseos y reuniones con mucha música. Su
padre tenía uno de los mejores almacenes de ropa
en la ciudad, y al muchacho le sobraba el dinero. Los negocios
y el estudio no le llamaban la atención. Pero tenía
la cualidad de no negar un favor o una ayuda a un pobre
siempre que pudiera hacerlo.
Tenía veinte años cuando hubo una guerra entre
Asís y la ciudad de Perugia. Francisco salió
a combatir por su ciudad, y cayó prisionero de los
enemigos. La prisión duró un año, tiempo
que él aprovechó para meditar y pensar seriamente
en la vida.
Al salir de la prisión se incorporó otra vez
al ejército de su ciudad, y se fue a combatir a los
enemigos. Se compró una armadura sumamente elegante
y el mejor caballo que encontró. Pero por el camino
se le presentó un pobre militar que no tenía
con qué comprar armadura ni caballería, y
Francisco, conmovido, le regaló todo su lujoso equipo
militar. Esa noche en sueños sintió que le
presentaban en cambio de lo que él había obsequiado,
unas armaduras mejores para enfrentarse a los enemigos del
espíritu.
Francisco no llegó al campo de batalla porque se
enfermó y en plena enfermedad oyó que una
voz del cielo le decía: "¿Por qué
dedicarse a servir a los jornaleros, en vez de consagrarse
a servir al Jefe Supremo de todos?". Entonces se volvió
a su ciudad, pero ya no a divertirse y parrandear sino a
meditar en serio acerca de su futuro.
La gente al verlo tan silencioso y meditabundo comentaba
que Francisco probablemente estaba enamorado. Él
comentaba: "Sí, estoy enamorado y es de la novia
más fiel y más pura y santificadora que existe".
Los demás no sabían de quién se trataba,
pero él sí sabía muy bien que se estaba
enamorando de la pobreza, o sea de una manera de vivir que
fuera lo más parecida posible al modo totalmente
pobre como vivió Jesús. Y se fue convenciendo
de que debía vender todos sus bienes y darlos a los
pobres.
Paseando un día por el campo encontró a un
leproso lleno de llagas y sintió un gran asco hacia
él. Pero sintió también una inspiración
divina que le decía que si no obramos contra nuestros
instintos nunca seremos santos. Entonces se acercó
al leproso, y venciendo la espantosa repugnancia que sentía,
le besó las llagas. Desde que hizo ese acto heroico
logró conseguir de Dios una gran fuerza para dominar
sus instintos y poder sacrificarse siempre a favor de los
demás. Desde aquel día empezó a visitar
a los enfermos en los hospitales y a los pobres. Y les regalaba
cuanto llevaba consigo.
Un día, rezando ante un crucifijo en la iglesia de
San Damián, le pareció oír que Cristo
le decía tres veces: "Francisco, tienes que
reparar mi casa, porque está en ruinas". Él
creyó que Jesús le mandaba arreglar las paredes
de la iglesia de San Damián, que estaban muy deterioradas,
y se fue a su casa y vendió su caballo y una buena
cantidad de telas del almacén de su padre y le trajo
dinero al Padre Capellán de San Damián, pidiéndole
que lo dejara quedarse allí ayudándole a reparar
esa construcción que estaba en ruinas. El sacerdote
le dijo que le aceptaba el quedarse allí, pero que
el dinero no se lo aceptaba (le tenía temor a la
dura reacción que iba a tener su padre, Pedro Bernardone).
Francisco dejó el dinero en una ventana, y al saber
que su padre enfurecido venía a castigarlo, se escondió
prudentemente.
Pedro Bernardone demandó a su hijo Francisco ante
el obispo declarando que lo desheredaba y que tenía
que devolverle el dinero conseguido con las telas que había
vendido. El prelado devolvió el dinero al airado
papá, y Francisco, despojándose de su camisa,
de su saco y de su manto, los entregó a su padre
diciéndole: "Hasta ahora he sido el hijo de
Pedro Bernardone. De hoy en adelante podré decir:
Padrenuestro que estás en los cielos".
El Sr. Obispo le regaló el vestido de uno de sus
trabajadores del campo: una sencilla túnica, de tela
ordinaria, amarrada en la cintura con un cordón.
Francisco trazó una cruz con tiza, sobre su nueva
túnica, y con ésta vestirá y pasará
el resto de su vida. Ese será el hábito de
sus religiosos después: el vestido de un campesino
pobre, de un sencillo obrero.
Se fue por los campos orando y cantando. Unos guerrilleros
lo encontraron y le dijeron: "¿Usted quién
es? – Él respondió: - Yo soy el heraldo
o mensajero del gran Rey". Los otros no entendieron
qué les quería decir con esto y en cambio
de su respuesta le dieron una paliza. Él siguió
lo mismo de contento, cantando y rezando a Dios.
Después volvió a Asís a dedicarse a
levantar y reconstruir la iglesia de San Damián.
Y para ello empezó a recorrer las calles pidiendo
limosna. La gente que antes lo había visto rico y
elegante y ahora lo encontraba pidiendo limosna y vestido
tan pobremente, se burlaba de él. Pero consiguió
con qué reconstruir el pequeño templo.
La Porciúncula. Este nombre es queridísimo
para los franciscanos de todo el mundo, porque en la capilla
llamada así fue donde Francisco empezó su
comunidad. Porciúncula significa "pequeño
terreno". Era una finquita chiquita con una capillita
en ruinas. Estaba a 4 kilómetros de Asís.
Los padres Benedictinos le dieron permiso para irse a vivir
allá, y a nuestro santo le agradaba el sitio por
lo pacífico y solitario y porque la capilla estaba
dedicada a la Virgen.
En la misa de la fiesta del apóstol San Matías,
el cielo le mostró lo que esperaba de él.
Y fue por medio del evangelio de ese día, que es
el programa que Cristo dio a sus apóstoles cuando
los envió a predicar. Dice así: "Vayan
a proclamar que el Reino de los cielos está cerca.
No lleven dinero ni sandalias, ni doble vestido para cambiarse.
Gratis han recibido, den también gratuitamente".
Francisco tomó esto a la letra y se propuso dedicarse
al apostolado, pero en medio de la pobreza más estricta.
Cuenta San Buenaventura que se encontró con el santo
un hombre a quien un cáncer le había desfigurado
horriblemente la cara. El otro intentó arrodillarse
a sus pies, pero Francisco se lo impidió y le dio
un beso en la cara, y el enfermo quedó instantáneamente
curado. Y la gente decía: "No se sabe qué
admirar más, si el beso o el milagro".
El primero que se le unió en su vida de apostolado
fue Bernardo de Quintavalle, un rico comerciante de Asís,
el cual invitaba con frecuencia a Francisco a su casa y
por la noche se hacía el dormido y veía que
el santo se levantaba y empleaba muchas horas dedicado a
la oración repitiendo: "mi Dios y mi todo".
Le pidió que lo admitiera como su discípulo,
vendió todos sus bienes y los dio a los pobres y
se fue a acompañarlo a la Porciúncula. El
segundo compañero fue Pedro de Cattaneo, canónigo
de la catedral de Asís. El tercero, fue Fray Gil,
célebre por su sencillez.
Cuando ya Francisco tenía 12 compañeros se
fueron a Roma a pedirle al Papa que aprobara su comunidad.
Viajaron a pie, cantando y rezando, llenos de felicidad,
y viviendo de las limosnas que la gente les daba.
En Roma no querían aprobar esta comunidad porque
les parecía demasiado rígida en cuanto a pobreza,
pero al fin un cardenal dijo: "No les podemos prohibir
que vivan como lo mandó Cristo en el evangelio".
Recibieron la aprobación, y se volvieron a Asís
a vivir en pobreza, en oración, en santa alegría
y gran fraternidad, junto a la iglesia de la Porciúncula.
Dicen que Inocencio III vio en sueños que la Iglesia
de Roma estaba a punto de derrumbarse y que aparecían
dos hombres a ponerle el hombro e impedir que se derrumbara.
El uno era San Francisco, fundador de los franciscanos,
y el otro, Santo Domingo, fundador de los dominicos. Desde
entonces el Papa se propuso aprobar estas comunidades.
A Francisco lo atacaban a veces terribles tentaciones impuras.
Para vencer las pasiones de su cuerpo, tuvo alguna vez que
revolcarse entre espinas. Él podía repetir
lo del santo antiguo: "trato duramente a mi cuerpo,
porque él trata muy duramente a mi alma".
Clara, una joven muy santa de Asís, se entusiasmó
por esa vida de pobreza, oración y santa alegría
que llevaban los seguidores de Francisco, y abandonando
su familia huyó a hacerse monja según su sabia
dirección. Con Santa Clara fundó él
las hermanas clarisas, que tienen hoy conventos en todo
el mundo.
Francisco tenía la rara cualidad de hacerse querer
por los animales. Las golondrinas le seguían en bandadas
y formaban una cruz, por encima de donde él predicaba.
Cuando estaba solo en el monte una mirla venía a
despertarlo con su canto cuando era la hora de la oración
de la medianoche. Pero si el santo estaba enfermo, el animalillo
no lo despertaba. Un conejito lo siguió por algún
tiempo, con gran cariño.
Dicen que un lobo feroz le obedeció cuando el santo
le pidió que dejara de atacar a la gente.
Francisco se retiró por 40 días al Monte Alvernia
a meditar, y tanto pensó en las heridas de Cristo,
que a él también se le formaron las mismas
heridas en las manos, en los pies y en el costado de su
cuerpo.
Los seguidores de San Francisco llegaron a ser tan numerosos,
que en el año 1219, en una reunión general
llamada "El Capítulo de las esteras", se
reunieron en Asís más de cinco mil franciscanos.
Al santo le emocionaba mucho ver que en todas partes aparecían
vocaciones y que de las más diversas regiones le
pedían que les enviara sus discípulos tan
fervorosos a que predicaran. Él les insistía
en que amaran muchísimo a Jesucristo y a la Santa
Iglesia Católica, y que vivieran con el mayor desprendimiento
posible hacia los bienes materiales, y no se cansaba de
recomendarles que cumplieran lo más exactamente posible
todo lo que manda el santo evangelio.
Francisco recorría campos y pueblos invitando a la
gente a amar más a Jesucristo, y repetía siempre:
"El Amor no es amado". Las gentes le escuchaban
con especial cariño y se admiraban de lo mucho que
sus palabras influían en los corazones para entusiasmarlos
por Cristo y su religión.
Dispuso ir a Egipto a evangelizar al sultán y a los
mahometanos. Pero ni el jefe musulmán ni sus fanáticos
seguidores quisieron aceptar sus mensajes. Entonces se fue
a Tierra Santa a visitar en devota peregrinación
los Santos Lugares donde Jesús nació, vivió
y murió: Belén, Nazaret, Jerusalén,
etc. En recuerdo de esta piadosa visita suya los franciscanos
están encargados desde hace siglos de custodiar los
Santos Lugares de Tierra Santa.
Por no cuidarse bien de las calentísimas arenas del
desierto de Egipto se enfermó de los ojos y murió
casi ciego. Un sufrimiento más que el Señor
le permitía para que ganara más premios para
el cielo.
San Francisco, que era un verdadero poeta y le encantaba
recorrer los campos cantando bellas canciones, compuso un
himno a las criaturas, en el cual alaba a Dios por el sol,
y la luna, la tierra y las estrellas, el fuego y el viento,
el agua y la vegetación. "Alabado sea mi Señor
por el hermano sol y la madre tierra, y por los que saben
perdonar", etc. Le agradaba mucho cantarlo y hacerlo
aprender a los demás y poco antes de morir hizo que
sus amigos lo cantaran en su presencia. Su saludo era "Paz
y bien".
Cuando sólo tenía 44 años sintió
que le llegaba la hora de partir a la eternidad. Dejaba
fundada la comunidad de Franciscanos, y la de hermanas Clarisas.
Con esto contribuyó enormemente a enfervorizar la
Iglesia Católica y a extender la religión
de Cristo por todos los países del mundo. Los seguidores
de San Francisco (franciscanos, capuchinos, clarisas, etc.)
son el grupo religioso más numeroso que existe en
la Iglesia Católica. El 3 de octubre de 1226, acostado
en el duro suelo, cubierto con un hábito que le habían
prestado de limosna, y pidiendo a sus seguidores que se
amen siempre como Cristo los ha amado, murió como
había vivido: lleno de alegría, de paz y de
amor a Dios.
Cuando apenas habían transcurrido dos años
después de su muerte, el Sumo Pontífice lo
declaró santo y en todos los países de la
tierra se venera y se admira a este hombre sencillo y bueno
que pasó por el mundo enseñando a amar la
naturaleza y a vivir desprendido de los bienes materiales
y enamorado de nuestro buen Dios. Fue él quien popularizó
la costumbre de hacer pesebres para Navidad. |