El Convictorio Carolino.
Vértiz, elevado a la jerarquía de Virrey,
estableció, el 3 de noviembre de 1783, el Real Convictorio
Carolino; su primer rector fue Vicente de Jaunzaras, cuya
autoridad, referida al Convictorio, coexistió con
la de Maziel, que atendía los reales estudios. A
éste último, desterrado en Montevideo por
el virrey Loreto ( 1787), sucedió Montero; y a Jaunzaras,
tras el interinato de José Antonio Acosta (1786-1791),
Luis José Chorroarín, ahijado de Vértiz
y brillante egresado del propio Colegio, quien desde 1804,
por renuncia de Montero, unificó ambos cargos. El
Convictorio existió hasta 1806, cuando con motivo
de la invasión inglesa las aulas del internado fueron
transformadas en cuartel, y sólo subsistieron lánguidamente,
los reales estudios.
Régimen interno del Colegio.
Durante este período inicial, el Colegio conoció
momentos de auge y decadencia. Se inauguró con unos
setenta alumnos, que vistieron una especie de banda o faja
que llevaban suspendida de los hombros, en el solemne acto
preliminar presidido por Vértiz. Las Constituciones,
dadas por Vértiz en 1783, explican con detalle las
funciones de las autoridades, los deberes estudiantiles
y el régimen de vida. Para ingresar como pensionado
era preciso tener autorización del virrey; saber
leer y escribir; contar por lo menos diez años de
edad; ser hijo legítimo, y "cristiano viejo
y limpio de toda mácula y raza de moros y judíos".
Existían varias becas, para hijos de "pobres
honrados" y de militares. La disciplina interna era
rígida, y según las constituciones, estaban
prohibidos una serie de actos, como fumar, jugar a los naipes,
dardos, ni de pies o manos, andarse tirando de la ropa,
comer en los cuartos, leer libros contrarios a la religión,
el estado y las buenas costumbres, etc. Las salidas, visitas
y feriados eran muy reducidos, y generalmente se cumplían
en días fijos, con gran protocolo y solemnidad; por
ejemplo: el día del cumpleaños del soberano
correspondía acudir a saludar al virrey. Las prácticas
religiosas ocupaban un lugar preponderante: se oía
misa antes de entrar a clase, los alumnos confesaban y comulgaban
una vez por mes, más los días de precepto,
y el domingo hacían ejercicios espirituales. El reglamento
preveía severos castigos, incluyendo el cepo, grillos
y azotes. Los estudios más importantes eran de teología,
filosofía y gramática, realizándose
semanalmente torneos dialécticos. Los profesores,
por lo común, fueron designados en concursos de oposición.
El Colegio, pese a los esfuerzos de Maziel, nunca tuvo atribución
para otorgar grados académicos, privilegio que sólo
el rey podía conferirle. Pero las universidades americanas
reconocieron validez oficial a los exámenes aprobados
en el mismo, con lo cual el problema de los títulos
quedó parcialmente resuelto. En 1778, y por pedido
de Montero, se reformó el plan de estudios. Los de
filosofía se extendieron a tres años, y a
cuatro los de teología; fue habilitada la biblioteca
que había pertenecido a los jesuitas, y aumentó
el rigor disciplinario. Al respecto cabe señalar
que los jóvenes resistían las medidas compulsivas,
escapando con frecuencia de clase y de las ceremonias religiosas.
El alumno Pedro José de Agrelo, más tarde
congresista, ministro, juez y orador ilustre, fugó
del Colegio cinco veces consecutivas. Los actos de indisciplina
fueron reprimidos a veces "con auxilio de la tropa",
llegando el caso de querer conducir a un alumno maniatado
"a la casa de sus padres, donde fuese más bien
educado". Hacia 1773 debió prohibirse a los
conventos que impartían enseñanza particular,
que admitieran estudiantes pasados del Colegio, para evitar
un éxodo creciente.
Valoración del período colonial.
Mucho se ha discutido sobre la utilidad y méritos
del Colegio en esta época, citando sus detractores
el juicio del doctor Manuel Moreno, quien en el examen sobre
la vida y escritos de su hermano Mariano manifiesta que
los alumnos llevaban una vida "monástica, según
el gusto del que la preside: son educados para frailes y
clérigos y no para ciudadanos", criterio que
compartieron Korn, Salvadores, Ravignani y otros estudiosos,
afirmando que se perdía mucho tiempo útil
y que no existía autonomía académica,
pese al variable liberalismo de algunas autoridades y profesores:
Maziel, Paso, Chorroarin, etc. Los males del Colegio fueron,
en todo caso, los de su época y condición
histórica. El absolutismo monárquico no toleraba
mayor libertad. En cambio, es notorio que allí se
educó la generación de mayo, y casi todos
los hombres que contribuyeron a nuestra independencia. Entre
ellos, seis de los nueve miembros de la Primera Junta: el
presidente Saavedra, los secretarios Moreno y Paso, y los
vocales Belgrano, Castelli y Alberti; y otras prominentes
personalidades como los escritores José Antonio Miralla,
Juan Cruz Varela, Esteban de Luca, hombres públicos
tales como Feliciano Chiclana, Domingo French, Valentín
Gómez, Manuel Moreno, Nicolás Rodriguez Peña,
Manuel Dorrego, Antonio Balcarce, Saturnino Somellera, Hipólito
Vieytes, Diego Zavaleta, Mariano Necochea, Tomás
Guido; nueve de los veintiún diputados de la Asamblea
del año XIII; el presidente del Congreso de Tucumán,
Francisco Narciso Laprida; el Director Supremo Juan Martín
de Pueyrredón, el primer presidente de la República,
Bernardino Rivadavia, y también Vicente López
y Planes, autor del Himno Nacional.
La Chacarita de los colegiales.
Las Constituciones de 1783, que tan minuciosamente reglaban
hasta lo relativo al vestido, aseo y asueto de los colegiales,
también ordenaban unas "vacaciones generales"
que "no pasen de dos en cuyo tiempo irán a la
casa de campo del colegio en compañía del
rector o vicerrector". Dicha casa de campo era una
chacra, una chacrita, o "chacarita", antigua propiedad
de los jesuitas que con la estancia de las Conchas, contribuía
con sus productos agrícolas al mantenimiento del
Colegio. Un capellán, un capataz y algunos esclavos,
estaban a cargo de la quinta. Allí los estudiantes
pasaban vacaciones "para que así cobren nuevo
aliento para las tareas siguientes". La chacrita era,
por tanto: lugar de descanso, fuente de renta y ocasionalmente,
sede de importantes festejos, como el suntuoso dispensado
en 1799 al Virrey Avilés. Cané alcanzó
a veranear en el sitio, y ha narrado en "Juvenilia"
sus traviesas expediciones a la frontera quinta de los vascos.
El Colegio sostuvo pleitos contra varios vecinos de la Chacarita;
sobre todo uno, interminable y de "tradición
vetusta" según Cané, con la Municipalidad
de Belgrano. Sobrevenidas nuevas condiciones y necesidades
públicas, hubo varios proyectos para sustraer la
Chacarita a su patrimonio. El rector Agüero logró
evitarlo desde su banca de senador, pero finalmente, y a
raíz de la epidemia de fiebre amarilla que diezmó
en un tercio la población de Buenos Aires, la parte
principal de la quinta fue destinada a cementerio municipal.
En la casa de campo se levantó la primitiva capilla
del cementerio, y alrededor de algunos ranchos fueron surgiendo
casas que más tarde darían origen a los barrios
de Chacarita y Colegiales.
El Colegio y la Revolución de Mayo. El
Cuartel de Patricios; "motín de las trenzas".
En 1806 y 1807 tuvieron lugar las invasiones inglesas. Los
alumnos defendieron la ciudad desde sus azoteas, y muchos
de ellos prefirieron continuar la carrera de las armas en
previsión de los acontecimientos que se presagiaban.
Por eso fueron abandonando los estudios, en busca de "otros
destinos", tal como oficiaba Chorroarín al gobierno.
En el recinto tomó asiento el regimiento de patricios
que, al mando de Cornelio Saavedra-graduado de la primera
promoción-, influyó decisivamente en los sucesos
de mayo, alejando a los regimientos españoles adictos
a Cisneros. Los episodios posteriores y las urgencias del
momento despoblaron las aulas. Mariano Moreno escribía
al respecto en "La Gaceta" ( septiembre 13 de
1810): "Los jóvenes quisieron ser militares
antes de ser hombres", y al lamentar la destrucción
del establecimiento anticipaba que la Junta llamaría
"hombres sabios y patriotas" para crear un nuevo
centro de estudios. En ese mismo cuartel estalló
el 7 de diciembre de 1810 "el motín de las trenzas"
contra el comandante del cuerpo, Manuel Belgrano, que obligó
a cortar las trenzas, usadas por los soldados al estilo
español. La orden se cumplió, pese a la resistencia
que despertó; y casi un siglo más tarde, al
producirse el hundimiento de un pozo en el llamado "Mercado
viejo" -hoy Diagonal Julio A. Roca-, se encontraron
algunos restos de cabello humano que parecen vinculados
con el hecho.
EL COLEGIO NACIONAL DE BUENOS AIRES
Fundado el 14 de marzo de 1863 por el presidente Bartolomé
Mitre, a través del decreto 5447. En sus aulas estudiaron
los dos primeros Premios Nobel argentinos y ocho presidentes
de la Nación, así como diversos artistas y
científicos. En 1911, el Colegio fue integrado a
la Universidad de Buenos Aires y a partir de 1958, ingresaron
las primeras estudiantes mujeres.
Ubicado en el solar que ocupaba el Colegio Provincial, el
Colegio Nacional fue clave en el proceso de creación
de una Nación, por entonces casi inexistente.
Esta institución educativa, que fue la más
antigua del país, recibió becados del interior
y resultó el modelo de los secundarios que abarcaron
todo el país.
Su origen data de los primeros años del siglo XVII,
cuando los jesuitas abordaron la primitiva educación
en Buenos Aires.
En 1767, se convirtió en el Real Colegio de San Carlos,
en donde la juventud conoció las ideas francesas
y norteamericanas de libertad, revolución e independencia.
El
Colegio fue refundado bajo diversos nombres.
En 1821, la manzana colegial pasó a denominarse "Manzana
de las Luces".
A diez años de la caída de Rosas, quien intentó
su privatización, el presidente Mitre lo bautizó
Colegio Nacional.
Además de los patriotas que fueron mencionados en
los párrafos anteriores,
por sus aulas pasaron ocho presidentes, los dos primeros
Premios Nobel argentinos, y multitud de sabios, artistas
y científicos.
En 1911, el Colegio fue integrado a la Universidad de Buenos
Aires.
Desde entonces, incrementó aún más
sus pautas de excelencia y rigor académico.
En 1958, ingresaron las primeras alumnas mujeres a la institución.
El sistema de admisión es muy severo. Luego de realizar
un curso de ingreso, que incluye doce pruebas anónimas,
son seleccionados 400 ingresantes sobre 1.500 aspirantes.
Desde 1938, su edificio está ubicado en la Bolívar
263, Ciudad de Buenos Aires.
Su superficie es de 30.000 metros cuadrados y posee: natatorio,
observatorio astronómico, gabinetes extraordinarios,
la cuarta biblioteca más importante de la ciudad,
un campo de Deportes de tres hectáreas y un salón
de actos.
En este salón hablaron diversas eminencias tales
como: Einstein, Orlando, Borges, Ortega y Gasset, Eco, Lugones
y Toffler, entre otros. Además, allí cantó
el mismísimo Carlos Gardel.
FUENTE:
UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES |