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de Julio: Día de la Evangelización en América,
en homenaje a San Francisco Solano
San
Francisco Solano (1549-1610): Apóstol de Perú
y de Argentina
por Julián Heras
Gran
apóstol de América del Sur y especialmente
de Perú, en cuya capital, Lima, está
enterrado, San Francisco Solano nos trae el ejemplo
de tantos misioneros franciscanos y de otras congregaciones,
que entregaron su vida por entero a la evangelización
del Nuevo Mundo.
Acabada la conquista del gran imperio incaico, que
se extendía desde el sur de Colombia hasta
el norte de Chile y el noroeste de Argentina, los
misioneros de las distintas Ordenes religiosas iniciaron
la evangelización de estos extensos territorios.
En Perú el trabajo fue comenzado en 1531
por dominicos y franciscanos; más tarde llegan
los agustinos, mercedarios y jesuitas, sin olvidar
al clero secular que también participó
en este apostolado.
Desde Perú se extendió el cristianismo
por todos los territorios vecinos, como Chile, Bolivia
y Tucumán. En tierras del Plata la cristianización
floreció cuando en 1547 se estableció
por el Chaco el enlace con Perú. A fines
del siglo XVI se incluyeron también en el
trabajo misional Paraguay y Uruguay.
Al
crecimiento exterior de la Iglesia correspondió
el interior. Se celebraron los primeros concilios
provinciales y se dieron las primeras normas pastorales
para la catequesis indígena. Con ese fin
se instituyeron las llamadas "doctrinas"
o parroquias de indios.Se publican los primeros
catecismos y el mismo Concilio Limense de 1567 hizo
obligatorio para los misioneros el aprendizaje de
las lenguas indígenas. Los obispos más celosos, como santo Toribio de Mogrovejo,
se dieron a recorrer en visitas pastorales, que duraban
años, sus inmensas diócesis.
En esta primera hora de la evangelización, estuvo
en primera línea la Orden franciscana; entre los
muchos nombres de esta Orden que habría que rescatar
del olvido, la figura de san Francisco Solano puede representar
a todos ellos, ya que trabajó en casi todos los territorios
arriba mencionados.
Perfil biográfico
Verdadero apóstol de América, tanto por la
extensión de su labor misional como por las huellas
que dejó a su paso, san Francisco Solano no sólo
recorrió gran parte de Perú de entonces, sino
también otros cinco países de América
del Sur. Nació el 10 de marzo de 1549 en la pequeña
ciudad de Montilla (Córdoba). Sus padres eran acomodados
y, cuando el niño estuvo en edad escolar, lo entregaron
a los jesuitas. Allí aprendió las primeras
letras y sintió despertarse su vocación. A
los veinte años decide vestir el hábito franciscano
y acude al convento de San Lorenzo de su pueblo natal. Hizo
su profesión el 25 de abril de 1570. Unos dos años
más tarde deja Montilla y se traslada al convento
de Nuestra Señora de Loreto, cerca de Sevilla. Acabados
sus estudios eclesiásticos, es ordenado sacerdote
en 1576.
Por
su afición a la música, que cultivó
toda su vida, lo nombran vicario de coro y predicador. Pasa
por diversos conventos de Andalucía, y en todos deja
ejemplos edificantes de su fervorosa caridad. Llega el año
1589 y solicita pasar a América, para emular los
ejemplos de apostolado que había oído contar
de sus hermanos de hábito.
Durante su largo y accidentado viaje a América, en
el que iba también el virrey de Perú, don
García Hurtado de Mendoza, Francisco Solano aprovecha
para predicar a la tripulación; pasa por las ciudades
de Cartagena, Portobelo y Panamá. Llega a Lima en
1590, atravesando los ardientes arenales de la costa norte
de Perú. Era entonces arzobispo de Lima santo Toribio
de Mogrovejo.
Como su destino era Tucumán, emprende este larguísimo
viaje en compañía de ocho franciscanos más.
Había que atravesar los Andes por el valle de Jauja,
Ayacucho y llegar hasta el Cuzco; cruzar la meseta del Callao,
la actual Bolivia por Potosí y entrar en los confines
del norte argentino; de nuevo bajar hasta Salta y finalmente
hasta las llanuras del Tucumán.
Aquí permanece hasta mediados de 1595, como misionero
y custodio de los conventos franciscanos del Tucumán
y del Paraguay. Su acción misionera en estas regiones
es para llenar muchas páginas y las conversiones
se cuentan por millares; sus habitantes aún lo recuerdan
con veneración.
En 1595 los superiores de Lima, de quienes dependía,
lo llaman a Perú para hacerse cargo de la Recolección
franciscana (Convento de los Descalzos), que acababa de
fundarse a las afueras de la ciudad de Lima. Sólo
por obediencia acepta el cargo, dedicándose de lleno
a la oración y a la penitencia, de modo que sus claustros
quedan impregnados de sus excelsas virtudes. Pocos años
después, el comisario, padre Juan Venido, lo envía
a la ciudad de Trujillo (1602) en calidad de Guardián.
Pero en 1604 vuelve de nuevo a la Recolección de
Lima; ese mismo año, en diciembre, abandona su retiro
y sale por las calles y plazas exhortando a todos a hacer
penitencia, amenazando a los reacios con los castigos de
Dios. El efecto de este sermón fue enorme; la ciudad
se conmovió, pero hubo de ser advertido que en adelante
no saliera así.
Su vida penitente, sus trabajos y privaciones le fueron
restando fuerzas y por ello se le traslada a la enfermería
del convento de San Francisco de Lima, donde tras breve
enfermedad, muere el 14 de julio de 1610. Su entierro fue
apoteósico, asistiendo toda la ciudad, desde el virrey
y el arzobispo hasta los más humildes, todos con
la misma idea de haber asistido al entierro de un santo.
El mismo año de su muerte comenzaron las informaciones
sobre su vida y virtudes, las cuales dieron por resultado
que el Papa Clemente X lo beatificara en 1675 y Benedicto
XIII lo proclamase santo en 1726. En su tiempo vivieron,
en Lima, además de santo Toribio de Mogrovejo, Santa
Rosa, San Martín de Porres y San Juan Macías.
Significado para nuestro tiempo
Al repasar la vida de este santo y la de otros misioneros
de su tiempo, deberíamos pensar qué espíritu
los guiaba en sus afanes apostólicos. La respuesta
no puede ser otra que la de extender el Reino de Cristo
en la Tierra. Su ejemplo nos incita a nosotros, cristianos
del siglo XX, a proseguir con el mismo empeño aquella
tarea misional comenzada por ellos y no acabada aún
en nuestros días. Ese será el mejor homenaje
que les podemos tributar en la celebración del V
Centenario de la Evangelización de América.
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