Esta es una frase que escuché esta semana no menos de cinco veces y se refiere a como es recibida por las familias la noticia de que hay aprendizajes que no se pudieron lograr y que hace que se llegue a la instancia de examen en el mes de Diciembre o en Febrero.
En muchas ocasiones, los papás evalúan que las dificultades de sus hijos no son tan profundas, y que se deben a que no han recibido la contención necesaria durante el período escolar por parte de sus maestros.
Algunos empiezan a intentar el cambio buscando otra escuela, que pueda mejorar las condiciones actuales del niño.
Cuando escucho y evalúo a los niños me encuentro con una enorme cantidad de ellos que tiene dificultades para escribir, leer, hacer cálculos mentales, prestar atención, copiar del pizarrón, recordar las tablas de multiplicar, recordar fechas y acontecimientos, organizarse en un espacio como es la hoja del cuaderno y muchísimos que no pueden asumir como propios los aprendizajes escolares, es decir que requieren de apoyo diario para realizarlos, ya que solos no lo logran.
Cuando de los más chicos se trata: son excesivamente inquietos, desafian los límites o los ignoran, duermen con los padres, se hacen pis, comen mal, hablan más tardíamente y juegan poco.
En general los papás se sorprenden cuando se les dice que hay remedio para estas dificultades y que no es necesario esperar a que se les pase cuando crezcan.
Muchas de estas dificultades sin resolver son las que generan problemas emocionales, ya que los chicos siguen “subiendo por una escalera de escalones a medio o sin terminar” y a su vez deberán cumplir como puedan con los requisitos de un medio social que espera de ellos que sean: inteligentes, maduros, independientes, sociables y sensibles a los valores estéticos, morales y culturales.
Estamos transitando la hora del balance. Muchas veces quisiéramos no enfrentar esta situación que nos coloca por lo menos hasta donde cada cual resista con las dificultades no resueltas.
Y para ello sería bueno tener en cuenta por lo menos algunas ideas para no autoengañarse y llegar a la salida del laberinto que representan “los problemas de aprendizaje”.
No sirve de nada echarle toda la culpa a la escuela, a los paros y a los maestros.
Tampoco a la carga de trabajo de los padres.
Mucho menos a la madre o al padre. Y a sus estados civiles: separados, solos, etc.
A la conflictiva sociedad actual.
A la televisión.
A la computadora y las largas horas con la Play Station.
Todas estas cuestiones complejizan la problemática pero ninguna de ellas será el motivo único de la misma.
Cada uno sabrá si pasa el test de Sinceridad y si está dispuesto a mejorar la meta.
Un primer paso es rastrear cuándo empezó el problema y sostener una posición activa para resolverlo.
Cada familia puede plantearse sus dudas acerca de la dificultad y empezar por buscar información y orientación para poder resolverlos.
Los invito a ingresar en este espacio de diálogo abierto a la consulta.
Claudia María Quattrone
Lic. en Psicopedagogía
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